Es la materia más sencilla de todas y quizá la que más dura. Un himno suena en casa durante tres meses hasta que la familia entera se lo sabe; después se conoce a quien lo escribió y qué le estaba pasando cuando lo hizo. Nada más.
El cuadernillo lo dice sin rodeos, y conviene tomarle la palabra.
«No requieres más que dedicar cinco minutos diarios para cantar el himno en familia y habrás logrado el objetivo». Todo lo demás —las fichas, las historias, las actividades— está ahí para las familias que quieran profundizar, no como deber.
Se canta donde ya hay un hueco: en el desayuno, en el devocional, en el coche. La repetición hace el trabajo.
Tres meses con el mismo himno. Suena a mucho, y es justo lo que hace falta para que se quede.
Las primeras cuatro semanas son para memorizarlo: el primer día se escucha entero y a partir de ahí se suma una estrofa nueva cada día. Cuando ya se sabe, sigue sonando de fondo mientras se conoce su historia.
Dentro del trimestre siempre van igual. Quien aprende el ritmo una vez ya lo sabe para todo el año.
La semana doce de cada trimestre es siempre la evaluación, y consiste en narrar con sus propias palabras la historia detrás del himno. No hay examen.
Esta es la parte que los niños recuerdan, y la razón de que la letra deje de ser un texto.
Los tres himnos del año van dentro del mismo cuadernillo. No hay que comprar uno por himno.
El «Año 1» indica el lugar del cuadernillo dentro de la colección, no el grado escolar de tu hijo. Se canta con hijos de cualquier edad a la vez.
El himno no se queda en su propia materia.