El arte no necesita convertirse en una clase complicada. Una vez por semana dedicamos unos minutos a observar una gran obra, guardarla en la memoria, describir lo que vimos y convivir con ella durante los días siguientes. Poco a poco, los grandes artistas y sus pinturas empiezan a formar parte de la vida familiar.
No para saber historia del arte. Para aprender a mirar.
La guía del cuadernillo pone tres objetivos, y no añade ninguno más: incrementar el potencial de observación de nuestros hijos, exponerlos a buenas ideas —las que llegan por lo que perciben en las obras— y aumentar su apreciación por la belleza.
Su educación debe amueblarlo con galerías completas de pinturas mentales, pinturas de grandes artistas antiguos y nuevos; de hecho, cada niño debe dejar la escuela con al menos un par de cientos de pinturas hechas por los grandes maestros colgando permanentemente en los pasillos de su imaginación. Charlotte Mason, Vol. 6
Y una cosa que conviene decir pronto: no hace falta saber de arte para empezar. No hay que explicar nada. El cuadernillo trae los datos de cada obra por si quieres profundizar, pero la lección funciona sin ellos.
La lección entera son cuatro pasos. Se hace con una obra, una vez por semana, y no se parece en nada a un examen: la idea es que la pintura se quede en la cabeza, no que el niño acierte.
Eso es todo lo que pide el cuadernillo.
No es una materia diaria ni una clase larga. Es una cita corta con una pintura, y el resto de la semana la obra trabaja sola desde la pared.
Doce semanas con el mismo pintor bastan para reconocer su estilo sin que nadie lo explique.
Tres trimestres, tres artistas, seis obras de cada uno: al terminar el año tus hijos habrán convivido con al menos dieciocho grandes obras. Y como son seis obras para unas doce semanas, quedan semanas libres — el cuadernillo propone qué hacer con ellas.
El cuarto paso de la lección es el que más cambia las cosas, y es el más fácil.
Terminada la lección, la pintura se coloca en un lugar visible y se queda ahí el resto de la semana. Nadie tiene que hacer nada más: se la cruzan al desayunar, al pasar al cuarto, al recoger la mesa. El título se aprende casi sin querer.
Es la diferencia entre haber visto una obra y haber convivido con ella. El cuadernillo recomienda un portarretrato de 28 × 21.5 cm para ir cambiándolas cada semana.
Los cuadros de arriba los pintó ella. Cuelgan hoy en casa de su hija, y son parte de lo que sus nietos ven cada día al pasar por el pasillo.
Por eso creemos en esto: una obra colgada en casa no decora, educa. Se mira sin querer, mil veces, hasta que forma parte de uno.
En memoria de Edith Valdez
Para las semanas en que no toca obra nueva. Son opciones, no tareas.
Son recomendaciones del propio material, no requisitos: se puede empezar sin nada de esto.
Este óleo lo pintó un niño de ocho años, en casa, después de pasar un tiempo mirando la obra. Todavía se le ve el boceto a lápiz al fondo: las montañas y los pájaros que aún no había pintado.
No se trata de que quede igual. Se trata de colocar cada cosa donde va, que es lo que obliga a haber mirado de verdad. Y después se cuelga en casa, junto a la obra que lo inspiró.
Cada cuadernillo reúne tres pintores para acompañar a la familia durante un ciclo escolar.
El «Año» indica el lugar del cuadernillo dentro de la colección, no el grado escolar de tu hijo. No hay orden obligatorio ni dificultad progresiva: puedes empezar por el que quieras.
Las tres las pide el propio cuadernillo.